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Anoche vi "La toma", un documental sobre fábricas recuperadas en Argentina. A partir de las historias de Brukman, Zanón y Forja San Martín, la película aborda tangencialmente las privatizaciones de los noventa, el 19 y 20 de diciembre y las elecciones de 2003. Volví a ver, después de algún tiempo, las imágenes del cacerolazo frente al Congreso y el canto unánime de "que se vayan todos, que no quede ni uno solo". El vacío sustancial de ese fervor, la evidencia de que era una cuestión más de forma que de contenido, saltaba a la vista de manera grotesca en las siguientes imágenes, que mostraban, poco más de un año después, al noticiero del 13 anunciando los resultados de las elecciones: Menen, con su slogan de "La tercera presidencia. La histórica", ganaba la primera vuelta por sobre Kirchner y López Murphy.
Pertenezco a la generación privatizada de los noventa, la de los colegios privados, la salud privada y los barrios cerrados, con muros reales o simbólicos pero igualmente infranqueables. Viví durante algunos años en una pequeña ciudadela de nuevos ricos neoliberales, observando sus casonas de dos plantas, respirando sus aires de mezquina fortuna. Una noche, borracho después de fiesta, saqué mis llaves del bolsillo y rayé algunos autos que encontré en el barrio, camino a casa. Un par de cuatro por cuatro, algún Rover tal vez. Sé ahora, y lo sabía en ese momento, que con eso no solucionaba la injusta distribución de la riqueza, pero al menos logré sacudirme un poco el hastío, esta incomodidad corporal que hoy vuelvo a sentir. Mis padres, ambos profesionales, votaron a Menem; él por declarado miedo burgués, ella, supongo, por un heredado anclaje en el imaginario peronista. El fin de la farsa de la convertibilidad encontró a mi viejo frente al Congreso, destilando bronca contra todo esa mierda, y a mi vieja participando en los nuevos mercados de trueque, en un sistema de intercambio sin dinero, porque no lo había.
Ahora se escucha y se lee "crisis" por todos lados. La burbuja se pincha, las empresas están infectadas por capitales tóxicos, las bolsas del mundo tienen días negros, el terrorismo económico se eufemiza y adapta a la prensa. Y cuando los escupitajos caen, cuando las empresas financieras son más que nunca pura cáscara, cuándo el robo se ha consumado, el Estado renacionaliza el sistema de jubilaciones. Lo de siempre, las ganancias se privatizan y las pérdidas se socializan. Me divierte el juego de imaginar la historia en perspectiva, como si viera el mundo desde el espacio, casi ajeno a él. ¿Cómo podría explicar a alguien la historia del estado argentino en los últimos veinte años? Si todo fue y es tan macabramente obvio, tan cínicamente planeado, tan evidente en sus causas y consecuencias. El Indio Solari me ha dado algunas respuestas en mi vida. En su primer disco solista, el tipo dice "el tonto nunca puede oler al diablo, ni si se caga en su nariz". En fin, el día está hermoso, hay sol y un cielo todo celeste, sin nubes. Mi ex suegro diría que es "un día peronista", pero no creo que sea la sentencia más adecuada en esta ocasión. Tomen este tipeo mañanero como un pequeñísimo acto de rebeldía, egoísta, más para mí que para el resto. Algo así como rayar los autos de los ricos, pero distinto. La palabra es sanadora. Abrazos a todos, y feliz domingo.